Segunda visita a atención temprana

Es la segunda vez que vamos a atención temprana. Aunque no necesitan terapia, los especialistas quieren irlas viendo periódicamente para hacerles un seguimiento e ir viendo cómo van o si surge algún problema en su desarrollo, poderlo detectar a tiempo.

En el centro de atención temprana les hacen unos “juegos” para ver en qué nivel de desarrollo están, su psicomotricidad, etc… Siempre teniendo en cuenta la edad corregida (14 meses de edad corregida, 17 meses de edad real).

  • Puzzle de figuras básicas (triángulo, círculo, cuadrado). En esta actividad las niñas tenían que encajar cada pieza en su lugar del puzzle, y ninguna de ellas lo supo hacer, aunque me dijeron que no me preocupase ya que este tipo de actividades son orientativas, para ver cómo están a nivel general.
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  • Responder a peticiones. Les pusieron distintos objetos delante, y se los pidieron uno a uno. “Dame las gafas” “Dame el muñeco”. Las niñas tampoco le supieron dar ninguno de los objetos… Me preguntaron qué objetos podían serles más cotidianos para poder hacer la actividad, pero ellas sólo discriminan comida, como pan o galletas, y la pelota, por ejemplo.
  • La especialista me preguntó si las niñas hacían algo cuando les ponía un papel delante y les daba una pintura… ¡pero yo nunca lo había intentado! Muchas veces me siento bobísima cuando me preguntan porque hay muchas cosas que no sé si las hacen o no. Alejandra pintó en la hoja, pero Paula simplemente probó las distintas ceras.
  • Juego de roles. Esta actividad consistía en “darle de comer a una muñeca”, todo con utensilios de cocina de plástico. Les dije que con comida de verdad siempre nos intentaban dar de comer a los adultos, pero ella quería ver si lo hacían en el juego, y no lo hicieron, aunque asociaban las cucharas y las tazas de plástico con comida “amm ammm”, como dicen ellas.
  • Guardar objetos/sacar objetos. Les puso varios cubos de plástico dentro de un recipiente, y los sacó todos para después volverlos a guardar. Con esto, las niñas verían lo que ella estaba haciendo y así la imitarían (o eso deberían hacer). A Paula le costó, pero después de un rato trasteando, hizo lo mismo que ella. Alejandra no, únicamente cogía los cubos y los tiraba al suelo.
  • Objeto pequeño en recipiente pequeño. Tenía un pequeño bote transparente (sin tapa) con un objeto naranja muy pequeño dentro. En principio, según me dijo, todos los bebés tienden a sacudir el recipiente para ver cómo suena, pero que ellas deberían intentar sacarlo, y luego volverlo a meter. Las dos sacudieron el recipiente y consiguieron sacar el objeto, pero al volverlo a meter, lo intentaron varias veces y al final desistieron.

Aspecto cognitivo. Los juegos anteriores le sirvieron a la especialista para valorar el nivel de desarrollo cognitivo de las niñas, y me dijo que con 14 meses de edad corregida, se encuentran en los 12 meses de desarrollo. Aun así me dijo que no había de qué preocuparse porque aunque no supieran hacer ciertas cosas en ese momento, en unas pocas semanas las harían sin ningún problema.

Aspecto motor. En este sentido me dijeron que las niñas estaban estupendamente, ya que deambulan perfectamente (con sus pérdidas de equilibrio y caídas de vez en cuando), y además se ponen de pie sin apoyo, y saben caerse sin hacerse mucho daño (casi siempre). Continúan con el gateo, pero cada vez va a menos.

Aspecto comunicativo. La especialista me dijo que en este ámbito del desarrollo estaban por encima de su edad corregida. Las niñas ahora mismo dicen unas cuantas palabras conociendo su significado (adiós, guagua-babau [perro, gato], papá, mamá, agua, no, guapa…), y piden que las cojas en brazos, saludan y se despiden con la mano, lanzan besos… Me preguntó si afirmaban o negaban de alguna manera (diciéndolo o haciendo movimientos con la cabeza) y aunque en ese momento no lo hacían (hace unos días), ahora Alejandra dice no y también niega con la cabeza.

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Estancia de mis bebés en el hospital

Como a todas, un par de días después de parir me dieron el alta.
Nadie puede imaginarse lo doloroso que es salir del hospital con las manos vacías. No hay derecho a que una madre sienta eso… ¿Por qué las tengo que dejar aquí? Sé que la respuesta es evidente, no pesan ni 1 kg, no son capaces de respirar por sí solas, no saben comer y necesitan constante supervisión médica. En esos momentos solo podía pensar de manera egoísta, yo quería estar con ellas, yo era madre de dos niñas, nadie puede arrebatarme el derecho a estar con ellas, a dormir con ellas, a alimentarlas. ¿Por qué no me dejan hacerlo? No es tanto pedir…

Luego llegamos a casa. Silencio, un silencio sordo que me hacía sentirme una mierda. ¿Dónde están esos bebés que salen en los anuncios? ¿Por qué no están aquí, rollizas, sonrosadas y sonrientes? Sabía que era madre, lo sentía. Las necesitaba pero no estaban. ¿Qué hacía yo en casa? Tenía que volver al hospital… Mi marido me dijo que ya las había visto, que había hecho canguro con ellas y que yo también tenía que descansar. El día siguiente iríamos a verlas. Pero no… ¿Cómo va a ser? ¿Cómo va a estar una madre tan lejos de sus hijas? No entendía nada… ¿Seguirían bien? ¿Si pasase algo me llamarían? Quería sacar los pensamientos negativos de mi cabeza pero era imposible. Seguía teniendo miedo… ¿Por qué ese maldito sentimiento me perseguía siempre? Una madre tiene que sentir felicidad, plena y absoluta. Esa felicidad no debería ser eclipsada por absolutamente nada, ¿acaso no tenía derecho a sentirme feliz? No podía. Mis hijas estaban en Cuidados Intensivos, no podía estar bien.

El resto de días fueron duros, en aquella sala tan oscura, donde todos los padres y madres están serios y tristes. Aunque por dentro estaba destrozada, iba con mi mejor sonrisa a verlas, con mucha energía. Debía transmitirles mi fuerza, porque ellas no podían luchas solas. Dos seres inocentes, perfectos y preciosos. Dos personitas que eran mías, no eran de esa gente. El sentimiento hacia las enfermeras y auxiliares es muy extraño. Sientes agradecimiento, porque sabes que les están salvando la vida a tus hijas, pero al mismo tiempo sientes una envidia insana… ¿Por qué pueden estar todo el día con ellas? Tocándolas, alimentándolas, cambiándoles el pañal, haciéndoles carantoñas. Eso es mi función, mía y solo mía. No tenían derecho a hacerme eso.

Luego husmeábamos en los informes diarios de las niñas, que estaban siempre junto a sus incubadoras, y veíamos que cada día pesaban menos. Las dos primeras semanas fueron horribles: Alejandra bajó a los 800g, y Paula a los 700 y pico (no me acuerdo de la cifra, 730 o 740 creo recordar). Los médicos casi que nos decían que no nos encariñásemos demasiado con ellas, porque nunca se sabe. Frases como “tenemos confianza en que sobrevivan PERO…” o “si hubiesen nacido en África, no estarían vivas” hacían que el camino cada vez fuese más cuesta arriba. Además, uno de los bebés que estaban en nuestro box no salió adelante. De repente no estaba… Sabíamos que estaba más malita que nuestras chicas y simplemente lo entendimos, no quisimos preguntar. Esto también es un golpe duro.

Después de las dos semanas de caída, empezaron a subir de peso, y cuando estuvieron algo mejor nos cambiaron de box. Seguíamos en Cuidados Intensivos, pero esta sala era mucho más grande y más luminosa. Aunque pensaba que los ojitos de mis bebés no estaban listos para recibir esa luz, me alegraba estar con otras personas, con bebés más grandes. Bebés que lloraban fuerte, que comían de sus madres, y no por sondas. Me hacía cargarme de esperanza.

Hubo muchos intentos de sacar a mis chicas de Cuidados Intensivos (3 o 4 intentonas), pero las tenían que volver a traer porque no eran capaces de respirar sin su mascarilla. La primera vez que les vi su carita me emocioné mucho… Llevaba tanto tiempo viendo su belleza a través de ese cacharro… No sabía cómo era su carita, no les veía su nariz ni sus rasgos al 100%, y fue algo precioso. Lo peor fueron los días en que estaban separadas, ya lo he comentado anteriormente, eso me afectaba mucho. Las necesitaba juntas, se necesitaban juntas, y los días en que una estaba en Intermedios y la otra en Intensivos se me hacían muy difíciles.

Tras muchas semanas en Cuidados Intensivos, mis chicas estaban en Cuidados Intermedios. Aunque lo más duro fue la primera sala, cuando perdieron tanto peso y los padres y madres eran tan tristes; lo que más largo se me hizo fue permanecer las últimas semanas en Cuidados Intermedios. Allí es complicado pasar día tras día, viendo como absolutamente todos los bebés se van, tarde o temprano todos se van a casa, y tú siempre allí. No sé cuántos niños y madres pasaron por allí, pero se cuentan por decenas. Es extraño, yo debía estar más feliz que nunca porque mis niñas estaban muy recuperadas, pero no podían respirar sin las gafas nasales de alto flujo. Las enseñamos a comer muy poco a poco (para entonces a mí ya se me había cortado la leche, por desgracia). Primero les dábamos de comer con una jeringuilla. Gota a gota, saboreaban la leche, les encantaba. Después, les dábamos lo restante a gabaje, con una jeringuilla llena de leche conectada a su sonda nasogástrica. Después de bastantes días, con mucho miedo lo intentamos con el biberón. Al principio se atragantaban, no sabían comer demasiado bien… Pero las campeonas lo consiguieron.
A pesar de que ya podían comer con biberón, aún necesitaban las gafas nasales; ya que sin ellas su saturación bajaba, y eso no era para nada bueno.

Y un día, teniendo papá a Paula en canguro, y yo a Alejandra, vi entrar a los médicos de mi Alejandra. Estaba muy nerviosa, Alejandra llevaba unos cuantos días sin gafas y parecía que iba bien… Presentía algo bueno. No le quitaba vista mientras hablaba con otros padres. Se lo dije a mi marido: “gordi, esto me huele a alta. “
Entonces vinieron hacia nosotros… Me temblaba todo, no podía ser verdad, pero no te emociones que igual no vienen para eso. Qué nervios, Dios…
“Bueno mamá, ya sabes que Alejandra lleva varios días respirando solita y que todo va bien… Ya pesa 2200g, y aunque Paula se queda, te puedes llevar a Alejandra a casa cuando quieras”.

Rompí a llorar. Nunca había llorado en el hospital, siempre llevé mi coraza, durante aquellos 82 días que Alejandra y Paula estuvieron allí, la una con la otra. Pero en ese momento no sé qué me pasó… Las lágrimas caían sin remedio, lagrimones como puños, no me lo podía creer. Sonreía como nunca. ¿Era posible que mi pesadilla hubiese acabado? ¿Ya había pagado mi condena? ¿Podré besarla y achucharla como siempre quise hacer?

Los 6 días que Alejandra estuvo en casa y Paula seguía ingresada sí que fueron difíciles. En casa sentía toda la felicidad que nos merecíamos, pero se me nublaba al recordar que mi princesa pequeña estaba allí sola, lejos de su familia, lejos de su hermana y lejos de mí. Todos los días iba a verla durante horas, preocupada pensando si su papá se apañaría bien estando solo con Alejandra. Era un sinvivir, no estaba tranquila en casa ni tampoco lo estaba en el hospital; si bien tenía claro que faltaba muy poco para el alta de mi chica.

Cuando me dijeron “mañana te la llevas” sólo podía sonreír y sonreír. El día que me la llevé no hacía más que correr de aquí para allá. Mi marido se quedó en casa con Alejandra, y mi hermano me acompañó al hospital para recoger a Pauli. Entré, literalmente corriendo. Ya estaba bien de estar allí, 88 eternos días, ya sí que no podía más. Sencillamente me la iba a llevar, sin más demora. No me lo creía… Y cuando salí por la puerta con ella me detuve un instante. Respiré aire, ella respiró por primera vez aire fresco, aunque hacía calor, era julio. Así debió ser, en aquél momento deberían haber nacido, y yo debería haber salido por aquella puerta con mis bebés regordetes recién nacidos, pero mis pequeñas son tan impacientes como luchadoras.

Semana 27+1… ¡Aquí están mis chicas!

El jueves santo yo seguía ingresada en el hospital… Y a las 4 de la tarde empecé a sentir contracciones nuevamente. Llevaba desde que me ingresaron perdiendo líquido amniótico, yo sabía que la cosa no se demoraría demasiado, pero era muy pronto, y aquellas contracciones eran muy leves. Recuerdo que estaba sola, tomándome un café, en mi cama.
Escribí a mi marido un mensaje, ya que siempre estaba informado aunque estuviese trabajando. Además, así podríamos saber con exactitud cada cuanto tenía una contracción. Al principio eran cada 7 minutos, 10 minutos, 8… Pero pronto se volvieron más seguidas. Cada 5 minutos tenía una contracción, seguían siendo flojas pero mi marido me insistió en que avisase a los médicos. Así lo hice, y de inmediato me bajaron a expectantes.
Empecé a informar a mi familia, diciéndoles que se tranquilizasen, ni siquiera me habían pasado a dilatación. Como sabréis, los médicos miden la longitud del cérvix para saber si estas realmente de parto… Y aunque seguía con los 2 cm de dilatación con los que ingresé días atrás, el cérvix estaba casi borrado, según me dijeron. Eso significa que mis chicas no iban a esperar más, y aunque estuve unas cuantas horas en expectantes, pronto llegaron los médicos de guardia del servicio de neonatología para hablar conmigo. Basándose en las ecografías, estimaban que mis bebés pesarían entre 700 y 800g. Sabían que iban a nacer y querían mentalizarme de lo que me esperaba. El hecho de que fueran 2 niñas era bueno: somos más maduras incluso dentro del vientre materno. Además me habían pinchado corticoesteroides días atrás por lo que vendrían con una maduración pulmonar “buena”, dentro de su extrema prematuridad. Me dijeron que me hiciese a la idea de que las niñas estarían ingresadas, más o menos, hasta la fecha en que hubieran tenido que hacer (18 de julio).
Yo afirmaba, sin más. Seguía sin creerme que fuese a parir en la semana 27+1… No era posible. Además había estado entretenida durante mi estancia en el hospital, buscando con el móvil todo lo relacionado con la prematuridad. Tenía miedo… Llevaba con esa sensación desde que escuché que mis hijas tenían STFF, pero ahora era distinto. Era inminente, venían. Imaginad… Ni clases de preparación al parto ni absolutamente nada, iba totalmente a ciegas.
Llegaron los médicos de guardia que me atenderían en el parto, eran dos chicos jóvenes (30 y pocos o 20 y muchos). A estas alturas ya había perdido el poco pudor que me quedaba, así que hombres o mujeres me daba igual, sólo quería despertar de aquella pesadilla.
Me sondaron para el pis… No sé por qué, pero lo hicieron. Yo hacía pis perfectamente, pero insistieron en que era necesario. Llevaba desde que ingresé con una vía en el brazo, y en ese momento tuvieron que ponerme otra, en el otro brazo (oxitocina, suero, medicamentos para la maduración cerebral de las bebés…). Era el momento de llevarme a dilatación.
Como todas estuve horas y horas dilatando. Yo no quería epidural, siempre he querido parir sin ella, pero los médicos insistieron en que sería lo mejor. Aunque las dos venían en cefálica, cuando la primera naciese, la segunda podría darse la vuelta, problemas con los cordones, etc… Y ante una posible cesárea de urgencia, lo mejor era tener la epidural; si no la tenía debían ponerme anestesia general y evidentemente querían evitarlo, así que acepté.
A las 4 de la madrugada del 18 de abril, tras horas y horas en el cuartucho de dilatación, sentía una presión demasiado abajo… Sentía algo diferente. Mi marido daba cabezadas a ratos, y mis padres y mis suegros llevaban todo el día esperando fuera.
“¡Preparados, vamos al paritorio!” Pánico, pánico máximo. Todos los vídeos de madres de hijos prematuros que había visto… Noticias de que los niños con un peso bajísimo sobreviven… Las posibles secuelas que no paraban de rondarme la cabeza… ¿Cómo iba a parir? ¡No lo había hecho nunca! No tengas miedo, échale narices… Todas sabemos parir, no seas idiota. Sólo tú puedes hacerlo, nadie lo va a hacer por ti. Tienes que hacerlo por ellas. Necesitan que su madre tire de ellas, son muy pequeñas, no tienen suficiente fuerza. Hazlo sin más y no lo pienses.
Ya estaba con las piernas totalmente abiertas. Había muchísima gente… ¿10 personas? ¿Quizá 15? No lo sabía, miraba a todas partes esperando instrucciones. Aparte, con la epidural no sientes mucho así que estaba muy muy nerviosa. La enfermera que llevaba toda la noche conmigo estaba a mi lado (cada hora venía a tomarme la tensión. Era una chica joven, tendría mi edad, y fue muy simpática conmigo). “¿Cómo estás?” Me preguntó. Me miraba con ternura mientras me acariciaba el pelo… Seguramente pensaría “¡pobrecita mía!” Le contesté “¿Sinceramente? Estoy acojonada”. Me aseguró que no se me notaba en absoluto, pero por dentro era un saco de nervios.
Mi marido me agarraba el brazo. No había marcha atrás. Y los médicos me dijeron “tú aprieta como si quisieras hacer caca”. Dios mío, de hecho no había hecho caca en todo el día, la iba a liar delante de tanta gente… Quería salir de allí, pero obedecí. Fueron 3 o 4 empujones, y la cara de mi marido era un poema “¡Ya está ahí! ¡Dios, la veo! ¡Está ahí! ¡Está ahí cariño!” El médico seguía con sus indicaciones “empuja” y “ahora no empujes”. En realidad serían unos 5 o 6 empujones y la vi. Fueron dos segundos… Se la llevaron muy rápido. Estaba todo el equipo de neonatos a 2m de mí, esperando para ayudar a mi chica grande.
Hubo complicaciones. Todo pasó muy rápido, y el médico me dijo que debían llevarme a quirófano: algo iba mal con el cordón umbilical de Paula. Tampoco me dieron demasiadas explicaciones, podíamos perder al bebé con un parto vaginal ya que el cordón estaba obstruido. No podíamos permitir que dejase de llegarle oxígeno. Mi marido se quedó allí, y a mí me llevaron a toda velocidad al quirófano.
Allí había otra doctora, y me inspeccionó la zona. Concluyeron que finalmente se podría realizar un parto vaginal (pero sin mi marido presente… fue una faena, aunque prefería eso antes que una cesárea). Paula salió mucho más rápido. Me dijeron que empujase y así lo hice. Y de repente, silencio. “¿Sigo empujando?” “No… Ya está aquí”. 13 minutos después de su hermana, Paula vino al mundo. Y otros 2 segundos fue lo que la pude tener sobre mí. Se la llevaron, y en pocos minutos estaba sola con el médico, que me cosía.
Después me llevaron a dilatación, y mi marido vino con unas fotos que les había hecho a mis chicas… Muy oscuras, sólo se veían unas pequeñas bolitas, rosas, dentro de una urna. No se les veía la cara ya que llevaban mascarilla. Me dijo sus pesos: Alejandra 900g y Paulita 850g. Y me alegré… Esperábamos 700-800g, y las dos ceporras superaban las expectativas. Después me subieron a planta y todos me obligaron a descansar, aunque ya serían como las 7 de la mañana, y se hacía de día. Todos se fueron y me quedé sola, con un terrible dolor de cabeza (la maldita epidural).
A las 9:30 llegó la primera visita, yo estaba sin dormir, pero les pedí que me bajasen a la planta de neonatos para conocer mejor a mis bebés. Mi amiga lloraba, yo estaba en shock. ¿Son ellas? Ni siquiera les veía la cara… Tan pequeñas, ajenas a mí…Era muy raro. Estuvimos como 5 minutos, y luego subimos. Quería ir con mi marido y cogerlas, pero en ese momento no tenía fuerzas. Estaban llenas de cables. Llenas de sondas. Llenas de tubos. Un minúsculo pañal que les quedaba extremadamente grande. Eran todo pellejo, su brazo era como un dedo mío. Sentía amor absoluto por ellas, pero mucha confusión. ¿Qué ha pasado con mis bebés? ¿Por qué son tan frágiles? En una sala tan lúgubre… Tan oscura, todos los papás con caras larguísimas. Así que volví a mi habitación. Nada era como yo esperaba.
Unas horas más tarde llegó mi marido. Yo no había ido a la sala de extracción de leche. ¿Cómo iba a hacerlo yo sola? ¿Me saldría leche? Seguro que iba a doler… No podía hacerlo sola. Tenía pánico (es absurdo tener pánico a un sacaleches, pero yo lo tenía. El miedo a lo desconocido, supongo).
Yo ya había dormido un rato. Bajamos juntos a ver a las bebés, y entonces las cogimos, gracias al Método Madre Canguro. Los padres tenemos derecho a estar con los bebés las 24h del día, así que bajamos tantas veces como quisimos. Todo era muy raro, era madre y lo sabía. Tenía la necesidad de estar constantemente con ellas. Quería bajar, y mi marido me decía que no las podía coger 10 minutos (el MMC es como mínimo de 1h y media o 2h), pero sólo quería verlas. Aunque era doloroso verlas así, eran mías. Tenía ese instinto, las necesitaba cerca de mí.
Y el tema de la lactancia se hizo muy complicado… Aunque de eso iremos hablando más adelante.

Palabras para mis bebés, por fin en casa

Cuando por fin me dieron a mis chicas, escribí estas palabras que aunque no son gran cosa, me salieron de dentro y quería compartirlas en el blog:

88 días y 88 noches…Miedo desde el primer momento. Soledad, rabia, tristeza. 88 días sin poder dormir bien.
Todo el mundo se preocupa por tonterías, nimiedades de la vida que son un mundo para muchos. Pero nada de eso importaba…Los médicos nos preparaban para lo peor pero siempre supe que érais mías y que no os íbais a ir a ninguna parte. En la madrugada del jueves al viernes santo llegastéis sin más, demasiado pronto, demasiado fácil. 900g y 850g…Tan frágiles, tan dependientes de esas máquinas, cables, tubos y sondas. Dolía tanto veros así…Y al principio perdiendo tanto peso….Estuve muy asustada, pero no sé de donde saqué fuerzas para continuar con esto.
Después de todo lo que hemos pasado los 4 juntos ya estáis en casa, unidas de nuevo, después de casi 3 meses recluídas… 2 meses en Cuidados Intensivos, tan desprotegidas. Por suerte ya ha pasado todo.
Ahora sé lo que es la felicidad y me siento bien porque aunque aún tenemos 7 largos años por delante de médicos, por fin sois nuestras… Y a lo largo de la vida, en vuestros momentos de flaqueza aquí seguiré yo, luchando por vosotras y recordandoos lo fuertes que sois. Desde antes de nacer ya érais fuertes, aferrándoos a la vida cuando tuvisteis el STFF…La operación, el parto…Vuestros llantos. Después también vuestras risas. Los pasos atrás que hemos dado en el proceso, y también los pasos de gigante hacia adelante. Siempre estaré para vosotras, para recordaros que a pesar de estar repes, sois únicas.

Semana 26: eterno reposo e ingreso en el hospital

Estábamos en la semana 20 de embarazo cuando nos hicieron la operación para solucionar el STFF. Ahora tocaba hacer reposo relativo… Los médicos me dijeron, textualmente, y en varias ocasiones, que en mi reposo “podría hacer una tortilla francesa pero no una tortilla de patata”. Además insistieron en que el primer mes debía andarme con más cuidado, duchas muy rápidas e ir de la cama al sofá y del sofá a la cama. Por ello, decidimos que estaría mejor en casa de mis padres, ya que mi marido tenía que trabajar y yo tendría que estar todo el día sola.

Aquellas cuatro semanas fueron eternas… Me aficioné a la Xbox de mi hermano, me pasé los juegos muchas veces… Tampoco tenía nada mejor que hacer. Aunque quería volver a mi casa, limpiarla a fondo, preparar al detalle todas las cosas de las nenas, no me quedaba otra que resignarme a no hacerlo. Mi marido me visitaba todos los días cuando salía de trabajar, pero la verdad es que nos echábamos muchísimo de menos.

Después de esas 4 semanas insufribles, volví a casa. Mi marido había estado solo en casa un mes y la casa no estaba precisamente como los chorros del oro. Tampoco era nada exagerado, pero yo tenía muchas ganas de ponerme a sacarle brillo hasta a los baldosines del suelo.
Aun así me contuve… No debía moverme del sofá.

Un día cualquiera, mi marido se despertó para ir a trabajar. Yo también me desperté y fui a hacer pis. Después, al volver a la cama e intentar retomar el sueño ocurrió algo que hizo que se me helase la sangre… Salió un chorro de líquido transparente de mi entrepierna. Dejé un buen charco en la cama y grité llamando a mi marido.
Salimos despavoridos a urgencias… Nos temíamos lo peor.

Al llegar allí me hicieron unas pruebas, y después me mandaron a casa, afirmando que sería pis o quizá flujo, pero que no era líquido amniótico. Aunque no quedé nada conforme, no me quedaba otra que volver a casa. Desde aquel día tuve “pérdidas de orina”, y así se lo dije a la matrona. Me dijo que no me preocupase, al igual que el personal de urgencias. Creo que al verte primeriza, te consideran hipocondriaca y sencillamente no te escuchan. Yo, que seguía disconforme con todo lo que me decían, fui a la farmacia con mi hermana y me compré unos salvaslip que detectaban pérdidas de líquido amniótico…. No valen para nada. No explica bien su uso, y además dieron negativo.
El día que acudí a urgencias era martes, y el sábado siguiente empecé con contracciones.

Mi marido quería ir a urgencias pero yo le quité importancia. ¿Cómo iban a ser contracciones? Sólo estaba en la semana 26… Era imposible, sería otra cosa. Pasé una noche horrible, con muchos dolores. Y la mañana siguiente había manchado mi ropa de un color rosáceo que no me gustó nada.

Ante aquello, mi marido me arrastró a urgencias. Aunque las contracciones habían cesado, aquella mancha rosa pintaba mal.
Una vez en el hospital, los médicos nos lo confirmaron: la bolsa estaba rota, había dilatado 2 cm. Me hicieron analíticas, y al ver que tenía síntomas de infección, les fue imposible frenar el parto.
Me dejaron ingresada, y aunque el trabajo de parto se había detenido por sí solo, en cualquier momento podría reanudarse, y no iban a darme los medicamentos pertinentes para frenarlo. Me pincharon corticoesteroides y me pusieron antibiótico en vena. Y allí estuve ingresada durante 6 días hasta que la madrugada del viernes santo llegaron mis bebés.

Semana 20, el ecuador del embarazo, aunque no del mío

Como cualquier embarazo gemelar monocorial biamniótico, tenía que acudir cada dos semanas a hacerme ecografías, principalmente para controlar el tema del Síndrome de Transfusión Feto-Fetal (en el próximo post explicaré detenidamente qué es y cómo afecta a los fetos). Pero… ¿qué posibilidades había de que pasase algo así?
Como hemos comentado anteriormente, sólo un 0,4% de los embarazos son gemelares, y de ellos, sólo un 10-15% padecen este síndrome. Así que siempre fui a los controles ecográficos con tranquilidad e ilusión, normal en cualquier mamá, sobre todo si es primeriza, como yo.

Llegó la semana 20, estábamos en marzo, y en esa ecografía se detuvieron más que nunca a observar a mis bebés. Después de una eterna y silenciosa ecografía, me pidieron que tomase asiento. Así lo hice, y de repente todo se desmoronaba. Habían detectado aquello que parecía tan imposible: mis bebés tenían el STFF en grado II. La vejiga del feto donante (Paulita) ya no era visible, y la bolsa amniótica del feto receptor (Alejandra) era muy grande y había que realizar una amniocentesis, aparte de la intervención para la división de la placenta.

Me dieron cita para el día siguiente a primera hora de la mañana (fui por la tarde, siempre intentaba que las ecos fueran por la tarde para poder seguir realizando las prácticas de la carrera), tenía que hablar con el especialista, ya que si no separaban la placenta de inmediato, en una semana se perdería el embarazo de mis gemelas. Yo estaba totalmente en shock, pero mi marido y mis hermanas buscaron como locos en internet para ver a qué nos enfrentábamos.
Finalmente, decidimos acudir al Hospital Clinic, de Barcelona, y nunca me arrepentiré de tomar aquella decisión. Aparte del trato humano, que es de 10, salvaron a mis niñas.

Nunca en mi vida había entrado a un quirófano, y soy, además, una persona bastante pudorosa. Ya sabéis que una entra semidesnuda, con esos camisones incómodos en los que se te ve todo. Entré medio mareada… Siempre me baja la tensión cuando me pinchan.
Había muchísima gente, quizás 15 o 20 personas. No sabía quiénes eran médicos, anestesistas, enfermeros, auxiliares o estudiantes, pero sabía que todos ellos estarían presentes en la intervención. Entre ellos algunos hablaban en castellano, y otros en inglés. Había personas asiáticas y americanas… Y querían estar presentes en una operación así.

A mí me sedaron, y me pusieron anestesia local, en la barriga. Yo estaba asustada, pero con todas mis esperanzas puestas en las manos del médico, ya que es el mejor de España en esto, y cuando me hizo la ecografía previa me aseguró que todo saldría bien, que tenía muchas esperanzas puestas en ellas.

Después desperté… Estaba en una habitación con otra mujer, pero ella dormía. Yo tiritaba, aunque no tenía frío. Y a los pocos minutos entró una auxiliar para ver cómo estábamos, así que le pedí que entrase mi marido.
Todo había ido bien, según me dijo. Me besó y me abrazó, pero no lloré… Estaba feliz porque él lo estaba, y eso significaba que al fin y al cabo solo había sido un bache más.

Después hablamos con los médicos, y necesitaría la baja laboral hasta el fin del embarazo, y reposo relativo (aunque el primer mes me aconsejaron moverme lo menos posible, si podía incluso moverme por casa con una silla de oficina o algún apaño similar). Así que adiós a las prácticas.

¡Notición!

¡Estamos embarazados! En noviembre de 2013 nos enteramos de la noticia….A pesar de llevar 5 años juntos, aún no me había mudado oficialmente con mi chico. Ni siquiera había terminado la carrera, y sólo tenía 22 años. Aún así me tomé la noticia superbién porque siempre me han gustado los niños y siempre supe que quería ser una madre joven.

Fuimos muy ilusionados a la primera ecografía, unas pocas semanas más tarde de enterarnos de que íbamos a ser papás… ¿Sería niño o niña? ¿Se podría ver tan pronto? ¿Iría todo bien? La verdad es que estaba nerviosa.
Cuando entramos el doctor nos saludó cordialmente, como a cualquiera, y empezó a verme. No decía nada, solo miraba el monitor, junto con mi chico, que estaba tras el médico, pero no dijo palabra. Yo cada vez estaba más nerviosa… Tenía la sensación de que algo no iba bien.
Mi pareja no paraba de hacerle preguntas:

-Imagino que el sexo aún no se ve, ¿verdad?

-¡Ya se le escucha el corazón! ¿Es todo normal?

-¿Sabemos ya la fecha de parto?

Y el médico parecía molesto… Y después de un buen rato me preguntó si me habían hecho una ecografía vaginal. No me la habían hecho así que decidió hacérmela él. Ante aquello mi novio le preguntó: ¿va todo bien? Y el doctor le dijo: ¡sí! ¡De hecho vienen gemelos!

Su cara fue un poema.

Aún ni siquiera habíamos asumido que estábamos embarazados. El pobrecillo de él entró en shock, sólo podía echarse las manos a la cabeza. Y yo no podía parar de reírme, a carcajada limpia… No podía ser más feliz, a pesar de la cara que se le puso al papá.

Nos informaron de que era un embarazo biamniótico monocorial, y existían ciertos riesgos. En primer lugar, el parto pretérmino. Estos embarazos, según me dijo, suelen adelantarse unas 3 semanas de media, pero eso no era muy preocupante.
Otro posible problema era la aparición del Síndrome de Transfusión Feto-Fetal, pero sólo ocurría en un 10% de los embarazos de este tipo… Por este motivo tendrían que hacerme revisiones cada 2 semanas.

Yo en febrero empezaba los exámenes, y luego tendría que hacer las prácticas… Así que el tema de tener que ir al médico tan a menudo iba a fastidiarme un poco los planes. Aún así, la ilusión me embargaba por completo. ¡ÍBAMOS A TENER DOS BEBÉS!